La meritocracia como dispositivo ideológico: una lectura feminista e interseccional
Ainhoa Cuadrado Aybar. ACG consultora de género con enfoque de ruralidad
5/6/20264 min read


La meritocracia se presenta en estos tiempos como una promesa sencilla: quien se esfuerza, progresa. Constituye uno de los dispositivos ideológicos centrales del capitalismo contemporáneo en la medida en que se presenta como un principio de distribución justo basado en el esfuerzo individual.
Bajo esta lógica, las posiciones sociales aparecen como el resultado del talento y la dedicación individuales, en un contexto de igualdad de oportunidades. Precisamente por su aparente sentido común, la meritocracia funciona con gran eficacia: no necesita imponerse, se presenta como evidente.
Sin embargo, esta evidencia descansa sobre una premisa difícil de sostener: la idea de que todas las personas compiten en condiciones equivalentes. Las trayectorias vitales no se desarrollan en un terreno neutral, sino en un entramado de desigualdades que condiciona de forma profunda el acceso a recursos, tiempo, redes y reconocimiento. Cuando estas condiciones se invisibilizan, el mérito deja de ser una medida neutral y pasa a convertirse en una forma de interpretación de la realidad.
En este sentido, la meritocracia no solo describe cómo se distribuyen los logros, sino que contribuye a organizar la forma en que esa distribución se percibe. Como permite entender una lectura en clave de Pierre Bourdieu, los sistemas de clasificación social no se limitan a ordenar el mundo, sino que lo naturalizan. La meritocracia opera precisamente en ese registro: transforma desigualdades históricas y materiales en diferencias que parecen coherentes con el esfuerzo individual.
El mecanismo es sutil, pero decisivo. Las condiciones sociales de partida (la posición de clase, el acceso a educación, las redes de apoyo o el tiempo disponible), dejan de funcionar como marco explicativo y pasan a ocupar un lugar secundario, cuando no invisible. En su lugar, emerge una narrativa centrada en la persona objetiva. El resultado es una inversión significativa: lo que es estructural se interpreta como personal.
Este desplazamiento no solo reorganiza la explicación de la desigualdad, sino que la moraliza. El éxito aparece como merecido; el fracaso, como responsabilidad individual. En este punto, la meritocracia deja de ser un principio descriptivo para convertirse en un marco normativo que legitima las diferencias sociales sin necesidad de cuestionar las condiciones que las producen.
Esta lógica se sostiene, además, sobre una figura implícita: la del individuo autónomo, disponible y plenamente orientado a la producción. Se trata de un sujeto que se presenta como universal, pero que responde a un modelo históricamente situado. La crítica feminista ha mostrado que esta supuesta neutralidad descansa sobre la invisibilización de las condiciones que hacen posible dicha disponibilidad, especialmente aquellas vinculadas al sostenimiento de la vida.
Aquí se vuelve central el análisis del trabajo de cuidados. Lejos de ser un elemento periférico, la crianza, la atención emocional o el trabajo doméstico constituyen la base que permite el funcionamiento del sistema económico. Tal como ha desarrollado el feminismo de la reproducción social, en autoras como Silvia Federici o Nancy Fraser, este trabajo no solo es imprescindible, sino que está estructuralmente desvalorizado y excluido de los mecanismos de reconocimiento.
Se configura así una paradoja difícil de ignorar. El sistema exige sujetos completamente disponibles para competir, pero esa disponibilidad depende de un trabajo invisible que no cuenta como mérito. Lo que sostiene la posibilidad del rendimiento queda, al mismo tiempo, fuera de su evaluación.
La perspectiva interseccional permite complejizar aún más este diagnóstico. Tal como ha mostrado Kimberlé Crenshaw, las desigualdades no operan de forma aislada, sino a través de su intersección. Género, clase social, racialización, edad o maternidad no son variables independientes, sino dimensiones que se entrecruzan produciendo posiciones sociales específicas. Estas configuraciones afectan directamente al acceso al empleo, a la estabilidad y al reconocimiento.
Sin embargo, la meritocracia no dispone de herramientas para captar esta complejidad. Al reducir las trayectorias a relatos individuales de esfuerzo o fracaso, simplifica experiencias profundamente condicionadas por estructuras sociales. De este modo, no solo invisibiliza la desigualdad, sino que contribuye a legitimarla al presentarla como resultado lógico del mérito.
Los efectos de este marco no se limitan al plano material. También configuran formas de subjetividad. La internalización de la lógica meritocrática genera dinámicas de autoexigencia, sensación de insuficiencia y culpabilización ante el fracaso. Estas experiencias se intensifican en quienes sostienen simultáneamente el trabajo productivo y reproductivo, donde las exigencias del mercado se superponen a las responsabilidades de cuidado. La desigualdad se manifiesta así no solo en la distribución de recursos, sino también en la forma en que se experimenta la propia posición social.
En este punto, la meritocracia revela una de sus funciones más profundas: no solo distribuye recompensas, sino que organiza los marcos desde los cuales interpretamos el éxito, el fracaso y nuestras propias trayectorias. Su eficacia no reside únicamente en lo que explica, sino en lo que deja fuera de foco.
La crítica feminista permite, precisamente, desplazar ese foco. No se trata únicamente de señalar que las condiciones de partida son desiguales, sino de cuestionar qué queda fuera de valor cuando el mérito se convierte en el criterio central de justicia. En este sentido, la aportación feminista no es solo descriptiva, sino política: visibiliza la centralidad de la interdependencia y del trabajo que sostiene la vida, desafiando la ficción del individuo autosuficiente.
Desde esta perspectiva, el problema de la meritocracia no es que funcione mal, sino que funciona exactamente como debe: como un lenguaje que traduce desigualdades estructurales en responsabilidades individuales y que, al hacerlo, dificulta su cuestionamiento. No se limita a ocultar la desigualdad; la hace aparecer como razonable.
Cuestionarla, por tanto, no implica negar el valor del esfuerzo, sino rechazar su absolutización como principio explicativo. Implica reconocer que no hay mérito sin condiciones, que no hay competencia sin desigualdad previa y que no hay éxito que pueda entenderse al margen de las estructuras que lo hacen posible.
Una política feminista no puede limitarse a reclamar una competencia más justa dentro del marco existente. Debe cuestionar las propias reglas que definen qué cuenta como mérito, qué formas de vida son reconocidas y cuáles permanecen invisibles. Porque mientras el sostenimiento de la vida siga fuera del campo de lo valorado, la igualdad seguirá formulándose en términos que hacen imposible alcanzarla.
La cuestión deja entonces de ser quién merece qué. La pregunta, más incómoda y más precisa, es otra: qué condiciones deben permanecer invisibles para que la desigualdad pueda seguir siendo interpretada como el resultado natural del esfuerzo individual.

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